Una oportunidad

<< Vivimos unos meses de gran intensidad. Yo estaba concentrada en mis pinturas y él en sus empresas, que comenzaban a florecer a gran velocidad, mientras nuestra relación cambiaba cada día y se fortalecía para seguir adelante. Un día, echados en el piso sobre unos cojines, leíamos cada uno su libro. Cristóbal se sentó de pronto, se sacó los anteojos, y me dijo sin dudar: "¿Y si nos casamos de una vez?". Lo devoré a besos y le decía que sí cada vez que me detenía para tomar aire, convencida de que él era lo mejor que me había pasado en la vida.
(...)
Escucho el ruido de los cerrojos y de pronto Cristóbal aparece delante de mí. No sabe nada, no entiende nada. Acaba de llegar de Chile. Mira a su alrededor. Entra a la habitación que había sido de mi madre. Es difícil adivinar qué esperaba encontrar, pero en todo caso no era el vacío que descubre en cuanto entra al cuarto. Se recobra del sobresalto, se conmueve por un momento, pero enseguida se enfurece por no haber estado acá, por no haberlo sabido. Le da un arranque de furia, no contra mí sino contra él mismo, y patea las puertas, tira las cosas con vehemencia, gesticula, jadea.
En su mente se da golpes en el pecho por haber estado ausente. Cuando recobra la compostura, me pide perdón. Yo lo miro perpleja. Decido irme y comienzo a bajar las escaleras a gran velocidad. Él me sigue, intenta cogerme por detrás pero una maraña de gente lo atrapa en la puerta del edificio, y, cuando logra atravesarla, me alcanza y me detiene debajo de la ventana a través de la cual yo lo miraba con ira días atrás. Me ruega. Todo me ha salido mal, me dice. Tenía que ir a Chile, tenía algo inconcluso que debía cerrar para siempre.
- Vete a la mierda -le digo.
Me coge entre sus brazos a la fuerza, me abraza y yo me dejo. Lloro. Noto que sus ojos se llenan de lágrimas. Él también llora. Nunca lo he visto llorar así. Debe de sentir una rabia devastadora.
- Te amo -empieza a decir, y se interrumpe esperando que yo diga algo.
No digo nada. Me suplica que lo perdone, que no puede creer que mi mamá no esté, que por favor, lo lleve al cementerio. Perdóname, por favor. Ahora nos toca vivir a nosotros. Danos esa oportunidad, me dice, esperando febrilmente que no sea demasiado tarde.
Siento la necesidad de mirar hacia arriba. Y la veo ahí, mirando por la misma ventana que yo, con los ojos llenos de lágrimas. Sigue lloviendo dentro, ella sigue ahí.
- No puedo - le digo, y subo a reunirme con mi madre. >>


Fragmento: Ella (Maldita sea); de: Julie de Trazegnies.

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