La maldición de la perla rosa

Pero por supuesto, dije.
Caminé apresurada, ya era bastante tarde y sabía que me esperaba una ola voraz de delincuencia cerca a mi departamento, al que suelo llamar así, aunque más parezca una ratonera.
Más largo era, el camino, mientras más lo exploraba, más temor me daba, y ya no era novedad, pues a pesar de recorrer esas calles diariamente, en la noche se me formaba un nudo y en mi mente una telaraña de temor.
Sin embargo, valió la pena, yo me repetía.
Estaba extasiada a más no poder, estaba pisando aire y tragando, sí tragando por montones, cientos de mariposas.
Mezclaba miedo, con paz, y una dulce sensación inundaba mi gélido cuerpo, que por un momento se sintió caliente, y quizás extraño.
Quédate, mi cama no está tan chica. Fueron las palabras más tentadoras que he oído, mas no soy punto fijo de las tentaciones, siempre suelo acogerme en mi lado cristiano, mi lado santo, ese que no le gusta pecar. Pero era su cuerpo encantando a mis ojos, y eran sus manos dibujando mi cintura, lo que hacía que yo, yo quisiera perder el control.
He llegado a mi sacrosanto hogar, que de sacrosanto a penas tiene, los recuerdos de las misas en memoria de mis familiares, pero hay algo que lo acredita merecedor de ser llamado así. Aquí está caliente, pero falta su presencia.
Me dejo abrazar por el mueble, mientras lleno mi mente de recuerdos, que, en vez de solucionar mi problema, disuelven mis soluciones.
Qué solo está por aquí, dije fuerte. Luego, como si hubiera alguien, dije hola, y para mi pesar no hubieron respuestas.
¿Y los viejos amigos? Unos quedaron en el viejo, y otros pasaron al nuevo, sin avisarme.
Un café, la solución más rápida, me puse en pie y hacia la cocina me dirigí; habían muchas cosas, muchos envoltorios de infusiones que terminaron siendo la droga mañanera antes del arduo trabajo que me esperaba en esas oficinas, que vamos, también odio.
¿Hola?, uff un aire helado soplo en mi rostro, y detecté el perfume que había quedado en mi cabello.
Hola, ¿qué pasa, necesitas algo? Siempre, la misma actitud, al grano. No es eso, dijo, quería asegurarme de que habías llegado sana y salva, no me perdonaría causarte algún daño, pues me mataría dañaría de igual forma. Precioso, audaz, su comentario, justo para el peor momento del día, mi peor momento, la noche.
Ah, pues llegué bien, mientras tenga mala cara no me sucederá algo, fingiendo maldad pura.
Se estiraron las palabras y la charla se hizo larga y amena, me sentía tranquila, en paz, y me dijo para sí misma, mientras exista uno de sus llamados, esta cueva no estará tan sola y habrá alguien que me responda el hola de las noches.
Debo cortar, es hora de dormir, mañana nos espera un largo día, dijo a mi imaginación no sonó muy animada su frase. Bien, respondí.
Aunque mis días a pesar de ser largos, eran aburridos, monótonos, me esperaba ese asiento que por más suave que fuese, me exprimía los músculos, y esa, esa oficina, que por más amplia, fresca e iluminada que parezca, es una cárcel, que consume mis días lentamente, separando mi alma de mi cuerpo, y convirtiéndome en esa maquina que suelen ser mis peores enemigos, los oficinistas.
Buenas noches, que descanses. - Tú también, nos vemos.
Mis nervios se erizaron y mi sangre ascendió rápidamente hacia mi cerebro, dejé de pensar y lancé la primera estupidez que se me vino a la lengua, estupidez que, muchas veces evito: ¿ah sí?
Arrepentida, y sobre todo avergonzada, quería que la tierra me tragara y por piedad, no me defecara, me tapaba la cara y cerraba mis ojos para, así quizás no me lograra ver (aún sin verme).
Por supuesto, iré pronto a visitarte, después de hablar tanto, me genera curiosidad conocer ese espacio tan tuyo, repuso.
Cuando quieras, dije, agregando, tengo mucho sueño, chau.
Sonó el tono de fin de llamada, me sentí aliviada.

Han pasado días y no ha venido, no he vuelto a verle y, creo que, me estoy volviendo un poco loca, no podría contar lo que fueron los días siguientes a ese, pues todos se han vuelto llamadas, quisiera poder ir hacia allá, pero hay algo que me retiene, quizás sea mi cobardía o la mucha costumbre de no esforzarme, pero esa perspicacia que tiene para entenderme, y salvarme, me hace necesitarle, me hace sentir la falta de su presencia, aún constante en mis momentos. Voy a guardarme en un cofre y me envolveré en seda blanca, haré un lazo y lo colocaré encima de mi pecho, cerraré el cofre con un candado, antes, enviándole una copia de las llaves, tendré acceso de apertura del mismo, por dentro del cofre, por si no llega a buscar, saldré, no para morir, sino para buscarle, porque hemos nacido para juntarnos y habremos de morir en unión, no voy a darme por vencida.
El cofre estará ahí, y junto a mí, aguardará una perla, que ha ido formándose a través del tiempo, cual almeja bajo el mar, y cuando llegué el momento tú abrirás este cofre y yo te daré esta perla, perla rosa que tiene englobada, mi alma, mi amor, y todo, lo que tú has cultivado.


Han pasado meses y no, no puedo dejarte. He recuperado la conciencia y aún, sigo amándote.




Picture by Anne J.

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