Entonces la vi despojado de todo, de todo lo espiritual que lleva consigo, tirado en el vacío del verde cesped, agotado, como si fuera un papel mal escrito que nadie más está dispuesto a leer. No supe qué hacer, mis manos no se movían, mi mente exigía movimiento, pero estaban quietas y mis piernas, temblaban cual gelatina recién cuajada, me sentía un estorbo, acorralada, en la nada, vacía, sin sentido... -Qué hago- exclamé, tan fuerte que retumbo en todo mi cuerpo, pero no lo dije con la voz, lo dije con el alma, mas no hallaba respuestas, y sólo caían mis lágrimas, esas que no deben caer, que en vez de ser gotas, deben ser piedras, para hacer temblar la tierra, y colocar todo en su lugar... Me sentía como un soldado, que veía a su compañero de toda la vida, herido y en vez de buscar ayuda, o dársela, sólo lloraba y se quejaba de lo injusta que era la guerra, y que no debía matarlo a él, a él no, pues era tan bueno, tan buen hombre, para morir así; era yo el soldado triste -el maricón-, y él era el herido, el valiente que corrió delante mío e impidió el paso de la bala imparable que a mi pecho apuntaba...
Tenía inmensas ganas de abrazarlo, pero a la vez prefería quedarme quieta, era de pronto algo que yo no esperaba, pero que a la vez suponía, fue una noticia tan impactante, tan simple pero compleja... Cuando oí esas palabras de su boca, reproducidas hermosamente con esa voz tan dulce, grave y tenebrosa a la vez, quedé estupefacta, fue como si en plena noche gélida cayeran las gotas de lluvia sobre mí, sin que yo esté provista de un paraguas, es que en noches así, en ciudades así, usualmente un calor intenso, augura el pasar de una tormenta, pero ésta noche era fría, y llovió, llovió mi alma en mil pedazos...
De repente, rompió el silencio, levantando los vellos de mi brazo, al compás de las ondas que emitía su voz, hasta llegar a mis tímpanos...
-Ven, acércate-
Cómo decirte que no, aún sabiendo que era imposible, cómo decirle que no a mi mente que, como nunca en las vidas de los humanos intranquilos, había sentido amor, se había enamorado, aun más que el corazón. Cómo callar mis sensaciones agitadas, y las voces de mis hormonas, pidiendo a gritos, un poco de el agua que emanas cuando suspiras...
-Déjalo ahí, no pued...- Ven -
Mi mayor deseo en es instante es que tu maldita boca cerraras, que callaras esa voz tuya, que tanto, tanto me hace, esto... Pero es en vano, tú seguías ahí y también yo, hecha una roca fría y resquebrajada...
- No llores - refunfuñé, aunque no te merecías, nada de eso, sólo merecías un abrazo...
- ¿Por qué, estás tan así, tan "no tú"? - No sé a qué te refieres...
Tomaste de mis hombros, como si fuese yo, un peluche de los que te enviaban tus padres, o quizás alguna admiradora enamorada, me agitaste fuertemente, la mayoría de veces hacia a ti, y dijiste fuerte, muy fuerte, y a la vez muy débil: "¡Di que me amas, tanto como yo a ti, dímelo!"; callé como si mi respuesta fuera un no...
- Te pido, por favor, que te vayas, justo ahora, retírate, y no vuelvas... - Me dejarás ir, ¿así nada más, no te importa acaso?- Puedes pensar lo que quieras, realmente no impediré fluir tus ideas, puedes creer en lo que desees, y justificar lo que creas conveniente, yo, no impediré tus palabras...
Hubo varios minutos de silencio, y un espejo apareció delante mío, todo había cambiado, ahora era fuerte, o aparentaba serlo, y aparentaba bien, y no, no había nada que pudiera hacerme caer, y lo hacía, igual sabía que podía pararme; él se iba, y no sé si podría volver, él se iba y no porque me dejó de amar, se iba simplemente, por cumplir un deber, por continuar con esa honra que por desgracia (e idiotez), le habían inculcado, todo por perseguir ese sueño, que, ¡Dios mío!, qué clase de sueño es ese, qué clase de sueño es el de ir a levantar el ego y dejar lo que más amas a la deriva... Dime Dios, qué clase de prioridad es el que éste hombre (que me fascina), tiene, qué es lo que tenían sus padres, qué es lo que pasa por su grande y dura cabeza...
-Abrázame- No sirve de nada, lo sabes bien, si te abrazo, no te quedarás, y si me dices palabras, será por lástima, si no te vas, iré yo por el camino oscuro - No actúes así que me... - Adiós.
Y mis pasos largos, se hacían inmensos, y mi respiración podía causar huracanes, y mis ojos embargados de tanta agua lograban ahogarme en la más infinita penuria, se iba y sólo mi fe (que ya varios años la tengo perdida), lo podría traer de vuelta, hacia mis brazos, estos brazos llenos de amor, estos brazos que no, NO quieren otro cuerpo que no sea el suyo...
He de esperarlo, pues no habrá más, pero durante estos meses, no voy pensarlo, no le permitiré a mi mente, dibujar su imagen bella. No.
Entonces lo que parecía una amenaza, quizás fuera un alivio...
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